Alguien me dijo alguna vez que solía ver el lado negativo de las cosas. En Perú, en nuestro país, es difícil no ser un poco pesimista. Los últimos sondeos realizados en Lima muestran que la confianza del consumidor ha caído a su peor nivel en casi dos años y las expectativas de empleo están en su punto más bajo.

Presidential_Palace,_Lima,_PeruEstos dos resultados, sin embargo, no son fenómenos aislados. Pública es la cifra que muestra la cantidad de millones de dólares paralizados en minería, en inversión pública, nacional, regional, y local; público es que la recaudación tributaria en abril cayó a su peor nivel en 5 años; público también es el retroceso de varias empresas internacionales que ya no vendrán a invertir, también el incremento de la morosidad y el aumento del porcentaje de familias que piensa que su economía se va a deteriorar en los siguientes meses. Esta es la realidad, notoria y pública. No es un asunto de percepciones.

Factores externos los hubo y los hay, pero el que sabe, sabe muy bien que este gobierno se dedicó desde el inicio a conducir la barca en piloto automático, centralizando recursos, guardando caja, gastando más en burocracia y en campañas de primera dama, sin invertir en educación, salud, desarrollo humano, formación de cuadros técnicos en el sector público formados humana y profesionalmente, en infraestructura, incentivos para la formalización de las MYPES, e incentivos para generar liquidez en la ya bastante estrujada clase media.

A lo largo de estos cuatro años, casi todas las declaraciones de representantes del gobierno, congresistas oficialistas, ministros, viceministros y hasta las del presidente y su esposa, siempre fueron parecidas a las que se dicen en fiestas, celebraciones, matrimonios o agasajos: “todo va bien, todo es lindo, este gobierno es perfecto, el anterior era un desastre, más inclusión social, más inversión, fiesta, fiesta…” Pero no solo eran palabras vacías, sino que la fiesta terminó, literalmente.

Nadine2carlincatura-carlinEl pesimismo que hoy ocupa la mente del peruano y la de muchos emprendedores medianos (los grandes para bien o para mal, nunca sufren) es proporcional a la tragedia en la que está terminando la fiesta falsa, la victoria pírrica y la fanfarria desafinada de este gobierno mediocre. La lista enorme de primeros ministros cambiados, el escándalo de la DINI, Tía María (¡!), Belaúnde Lossio, los fondos sospechosos del Partido Nacionalista, las compras frívolas de Nadine (¡!), el dinero de Venezuela, su asesora de 15,000 soles que llegó directo al cargo(¡!), y su campaña “social” con recursos del Estado, el engrosamiento de la burocracia estatal, el gasto exagerado en programas sociales sin indicadores ni logros medibles solo para ganar más “clientes políticos”, todo esto es el legado del primer gobierno de izquierda elegido democráticamente en Perú. Ojo con este dato.

Conclusión: pesimismo, fanfarria desafinada y tragedia. Aunque algunas cosas mejoran, no las de fondo, no las esenciales, no las estructurales. Seguimos siendo un país preocupado por debates ideológicos de segunda línea cuando la educación, la salud, la infraestructura, pero sobretodo la formación ética, científica, profesional de nuestros gestores públicos, da pena. Nuestros líderes no solo son convenidos, resulta que también son frívolos.

Sin embargo, la culpa es nuestra. Es el ciudadano (el rico por indiferente, y el pobre por confundido) el responsable de esta discapacidad política en la que estamos sumidos. Como decía un sencillo “meme” que me encontré hace poco por ahí: “de qué te sirve reclamar como león, si vas a seguir votando como burro”. No deberíamos ser ni leones, ni burros, sino seres humanos que usan su inteligencia adecuadamente.

Pesimismo, fanfarria y tragedia

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