El lema “Firme y Feliz por la Unión” aparece por primera vez en las monedas de ocho escudos de 1826 y en las de un sol de plata acuñadas en 1863. La frase le recordaba a nuestros compatriotas del siglo XIX que la unión era vital, siendo que durante el Virreinato uno de los principales problemas que había retrasado la conquista de la independencia, había sido la falta de integración entre las diversas provincias.

Casi 200 años después queda claro que la falta de unidad y la desintegración sigue siendo un problema que arrastramos y que pone en jaque nuestro futuro. Hay tres niveles de desintegración que pueden oscurecer tremendamente el panorama de cara al 2021:

Un primer nivel es el de la Desintegración territorial: la Ley de descentralización estuvo mal diseñada. No solo se delegaron potestades que no debían ser delegadas, no solo hablamos de problemas administrativos, sino que territorialmente tampoco fue idónea. Muchas regiones no son realmente “naturales”, por el contrario, se definieron más por inercia histórica o temores políticos, más que por estrategias de desarrollo realistas y aterrizadas en cadenas comerciales y en rutas migratorias. Si a este vacío, le sumamos lo agreste que es nuestro país, en el que podemos atravesar decenas de climas, alturas y ecosistemas en un solo día, y que para domesticarlo, debemos invertir mucho más dinero que otros países en infraestructura, la necesidad de replantear la descentralización y el sistema de regiones es apremiante.

Un segundo nivel de desintegración es el político: parece que nuestros líderes prefieren gastar más tiempo en pelearse entre ellos que en trabajar por proponer reformas urgentes como las del sistema de salud, la reforma laboral, la reforma electoral, entre otras. Si las voces que Keiko tiene al lado le están recomendando que asuma esta actitud destructiva, le recomiendo que no las escuche. Tampoco son pocos los analistas que plantean lo evidente: si este gobierno no funciona, Fuerza Popular tampoco habrá ganado nada pensando en el 2021. Ganarán aquellos que priorizan su interés particular y que no tienen bandera ni doctrina.

Finalmente, un tercer nivel de desintegración, y quizás el más profundo es el moral: podemos pensar distinto, y tener historias distintas, pero en este momento crítico para el país, la responsabilidad recae más aún sobre nosotros los ciudadanos, porque fuimos nosotros quienes elegimos a estos líderes. Si no fiscalizamos, por qué nos quejamos. Si no cumplimos la ley, por qué exigimos que los funcionarios públicas la cumplan. Nos toca priorizar valores cívicos como el respeto a la ley y a las instituciones, la responsabilidad de no evadir ni eludir el pago de impuestos, y por supuesto, la solidaridad con los demás desde que salimos de casa y cruzamos la pista por el camino correcto, mantenemos limpia la ciudad y realizamos nuestras actividades económicas sin perjudicar a los demás.

 

No creo que para levantarnos como país, necesitemos otro proceso de independencia sangriento ni otra guerra civil similar a la de 1824. Tampoco necesitamos darle espacio a propuestas venezolanas, bolivianas, cubanas o caribeñas. Desde este espacio, esperamos que Keiko Fujimori y varios de sus congresistas entiendan que no hay forma de que el país avance y de que su propio proyecto sea exitoso sino es trabajando de la mano con el Ejecutivo. Cualquier otro camino, le tenderá la mano, por un lado, a propuestas radicales como las del CONARE o MOVADEF o, por otro lado, a propuestas populistas que ya brotan espontáneamente y cada vez con más agresividad de aquellos en quienes Keiko dice haber depositado su confianza.

Adaptación del guión elaborado para el Programa Ruta Legislativa, transmitido en Gestión On Line.

 

José Ignacio Beteta Bazán

El lema que el Perú olvidó hace rato…

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