La fábula de los tres hermanos de Silvio Rodríguez nos cuenta de forma simpática como el primero, por no dejar de mirar el suelo que pisaba, olvidaba el horizonte; el segundo por mirar el horizonte no dejaba de tropezarse con las piedras y huecos del camino; y el tercero, por mirar arriba y abajo, tratando de abarcarlo todo, simplemente quedó con la vista distorsionada…

Creo que si el trovador no resuelve el dilema porque, al parecer, los tres se equivocaban en sus decisiones estratégicas, es porque la solución no es unívoca. Mirar el día a día y mirar el horizonte no es fácil. Implica darse espacio para ambas cosas. No hay miradas holísticas, sintéticas, que nos hagan ver al mismo tiempo lo inmediato y lo por venir.

En el caso de las inversiones sociales desde el sector privado o público, el dilema es igual de claro: los equipos de relaciones comunitarias en campo miran el día a día. El equipo directivo en la sede mira las estrategias a mediano y largo plazo. Coordinan todos los días, se capacitan, trabajan juntos, sin embargo, cada uno mira el asunto de forma muy distinta.

Se ejecuta un proyecto técnico-productivo con una cantidad X de beneficiarios, actividades, metas y condiciones. Como suele ser, la comunidad beneficiaria siempre espera un poco más y confunde responsabilidad social con obligación empresarial. La empresa, que no quiere ser asistencialista ni vaciar la caja, piensa en el éxito del proyecto y en la obligación de la comunidad de comprometerse con el mismo, creyendo que ésta valora la inversión de forma agradecida.

El equipo en la sede central mira el desarrollo del proyecto pensando en su culminación y el impacto. El equipo de relaciones comunitarias en campo piensa en tener a la comunidad tranquila, lejos de cualquier conflicto. El ejecutor del proyecto, un consultor, empresa, una ONG, o quien corresponda, se encuentra en el medio, cumpliendo lo ofrecido pero en medio de dos tensiones: la tensión en campo de ver de un lado una comunidad que pide más y del otro una empresa que piensa que con lo ofrecido es suficiente, la tensión de lidiar con un equipo de RRCC temeroso y a veces condescendiente, y un directivo (el que los contrató) que no quiere excederse en su aporte, ambos en la misma empresa.

Esto se debe a que el equipo en campo vela por el día a día, mira las piedras del camino y las quita, diligentemente, no solo para evitar conflictos sino también para evitar que su reputación en la empresa se ponga en juego. Mientras tanto, el equipo directivo mira el horizonte, que se cumpla el contrato y que la comunidad lo agradezca, sin ver la cantidad de piedras que pueden aparecer y que de hecho aparecen.

¿Dónde está la solución? En el diseño del proyecto. El diseño del proyecto, su sustento, su coherencia, su viabilidad, la forma coordinada de prepararlo y pensarlo, todo esto abona en que sea exitoso y responda, de alguna forma (no perfecta) a las dos tensiones: a que sea positivo para el día a día y a que contribuya con los objetivos estratégicos de la empresa a mediano y largo plazo. Igual, no será perfecto.

Ojo, la empresa debe arriesgar. No hay proyecto perfectamente exitoso. No hay iniciativa que cumpla con ambas miradas de forma idónea. La comunidad puede comprometerse o no, el proyecto puede estar bien diseñado o no tanto, pero no hay forma de controlar todas las variables. Por eso, tomar las cosas con optimismo y “lanzarse” a invertir socialmente, con el mínimo riesgo posible, es en definitiva la opción más coherente. El diálogo entre equipo directivo, equipo en campo y comunidad beneficiaria es muy importante: limitar expectativas, hablar con franqueza, encargarse de que se entienda claramente lo que se hará y lo que no se hará, coordinar constantemente, monitorear el proyecto de forma conjunta con la comunidad, haciéndola a ella co-responsable, son todos elementos que ayudan. ¿Has estado inmerso en una experiencia de este tipo?

El día a día y el horizonte

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