Frente al contexto en el que estamos, de acusaciones por doquier contra casi todos los políticos y de descubrimientos tan sórdidos de corrupción y tráfico de favores, no puedo más que pensar en qué importante es ser una persona de bien. Yo sé que esto de una “persona de bien” no es un concepto claro y concreto. Es más, es un título algo añejo que no debe ser parte ya del lenguaje de los adolescentes. Sin embargo, al escucharlo, cualquier persona, joven o adulta, entiende intuitivamente lo que quiere decir.

Una persona de bien es una persona que quiere y realiza el Bien. Y por lo tanto, trata de ser incorruptible, no parten de ella malas intenciones y está habituada a actuar correctamente en las buenas y en las malas, libremente o bajo presión. Una persona de bien es sincera, sencilla, no maquina, no manipula ni disimula, suele ser optimista. Definitivamente una persona de bien no trata de tener todo bajo control, no tiene rasgos de psicópata ni es muy bipolar, ténganlo por seguro. Al contrario, definitivamente tiene que tener una cuota de bondad natural, es muy resuelta y libre frente a lo que acontece a su alrededor porque realmente no tiene nada que temer y no quiere tomar para sí ni a los demás ni las cosas. Ojo, ser una persona de bien no significa ser tonto. Al contrario la buena persona es sagaz e inteligente para poder buscar la forma de ser virtuoso en medio de un mundo a veces poco virtuoso…

¿Puede un servidor público ser una persona de bien? Sí. Pero qué difícil la debe tener. Estoy seguro que existen muchísimas personas de bien entre los aproximadamente 900,000 funcionarios públicos que caminan por ahí. Estoy seguro de que más de las dos terceras partes trabajan con generosidad y sencillez por su país y sus familias. Tendrán problemas técnicos, de nivel profesional quizás, pero son buenas personas.

Los que la tienen difícil (en esto de ser incorruptibles) son aquellos funcionarios que quieren “escalar”. Y es que la vocación política se despliega como la espuma de la cerveza: quiere subir desesperadamente y elevarse hasta las alturas para sobresalir airosa frente a todos.

Querer “escalar” no tendría nada de malo pero en el Perú el problema está en el “sistema” de ascenso político: hay que entrar en la maquinaria de contactos, presiones desde arriba, lobbies, recomendaciones, favores y tantas otras cosas a las que estamos tan pero tan acostumbrados. Inercialmente el político es conducido como en un tobogán a la corrupción. Y si no entras en la maquinaria, “muchas gracias pero ahí te quedas”. Aquí es donde el político se juega el partido de su vida: tiene que optar entre la virtud y la no-virtud…

Por ello, qué importante es mantener los principios éticos bien sólidos. Podemos equivocarnos, hay que reconocerlo. Podemos ser incapaces de resolver algunos problemas porque nos superan, hay que aceptarlo. Podemos confundirnos, hay que hacer silencio un tiempo y pensar. Pero nunca debemos claudicar a la estafa, la “coimisión”, la evasión de pasos en un proceso de concesión, el favoritismo frente a una empresa, los ojos cerrados frente a la corrupción que se da ante tus ojos aunque tú no seas el que firma los documentos, el robo, el engaño y la calumnia, el lucro amparándonos en algún supuesto fin social…

Esos principios éticos se ganan con educación y si queremos que nuestra clase política sea mejor en el futuro, otra vez, en la educación está la respuesta. La educación forma, forja voluntades, no sólo transmite contenidos matemáticos o lingüísticos, transmite valores, conduce a la virtud, genera bondad, amabilidad, amor por la verdad, dolor frente al mal. Así de sencillo: tenemos que educarnos y formarnos para poder ser agentes de cambio social.

Una persona de bien
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