carcel1La capacidad de nuestras cárceles es de aproximadamente 30,000 presidiarios. Tenemos más de 70,000 recluidos. La infraestructura de dichas cárceles carece en su mayoría de mantenimiento, servicios en buen estado, y ni que decir de un sistema de limpieza adecuado. La separación de los condenados casi nunca responde a criterios técnicos o éticos sino a pagos por debajo de la mesa, buenos contactos o al propio temor. “Nuestros delincuentes” suelen tener acceso a armas blancas, drogas, teléfonos celulares, conexión a Internet, entre otros servicios, que evidentemente no utilizan para su propia regeneración sino para continuar con sus acciones delictivas.

¿Qué hacer? Además de construir más cárceles, acelerar y mejorar los procesos penales, trabajar preventivamente con jóvenes o reos primarios, y poner orden en los centros penitenciarios, venciendo (si esto es posible) el tremendo temor a la venganza o la muerte, es tiempo de cambiar el enfoque de la organización y el rol formativo de las cárceles. ¿A qué me refiero con esto? ¿Cuál es el enfoque con el que operan las cárceles peruanas hasta el día de hoy?

carcelxviiLas cárceles, como los hospitales y colegios públicos, empiezan a hacerse comunes entre los siglos XVII y XVIII. El racionalismo de aquel entonces no pensaba en el presidiario como un ser humano que podía regenerarse, sino como una pieza enferma del sistema que debía aislarse y controlarse. El panóptico, centralizado y siempre observante, es el mejor ejemplo de ello. Las cárceles fueron organizadas y construidas (y muchas aún lo son) bajo tres principios basados en la eficiencia, pero en el fondo bastante maquiavélicos:

1. Si se puede tener más presos, gastando lo mismo o menos, mejor (infraestructura industrial).

2. Lograr el mayor control al menor costo (reducción de espacios y servicios).

3. Obtener del preso la mejor respuesta conductual de la forma menos personalizada, sin sistema educativo de por medio (pocas actividades complejas, más actividades físicas, horarios rutinarios y automáticos).

Estos tres principios se reflejan en la infraestructura penitenciaria peruana y en la rutina diaria de nuestros centros de reclusión, en la forma como tratan a nuestros presos. Cárceles hacinadas, unos durmiendo encima de otros, peleando o pagando por espacios. Poco personal administrativo y de mantenimiento al control del horario, logística y organización de la cárcel, ningún tipo de propuesta pedagógica, psicológica, científica o formativa que sirva para regenerar al preso.

Esto responde a lo dicho en el tercer párrafo de este post. En pleno siglo XXI, pensamos aún como en el siglo XVII: no entendemos al recluso como un ser humano con derecho a recuperarse, corregirse y re-insertarse en la sociedad, sino como un ser (¿humano?) que debería quedarse en la cárcel para siempre; si malo fue, malo será; nunca podría cambiar, mejor que se quede encerrado para que no sea una amenaza.

carcel3El problema es que pensar así hace que el círculo vicioso se fortalezca y se haga más sólido. El preso no tiene herramientas para cambiar porque el sistema no espera nada de él, no tiene la intención de cambiarlo. Con ese enfoque “ilustrado”, las cárceles seguirán siendo espacios destructivos, que buscan controlar pero no lo logran, con funcionarios mal pagados, asustados, corruptos, e infraestructuras sin espacios y servicios dignos para los presos. Somos los ciudadanos los que de alguna forma tenemos insertados este injusto “chip” en la cabeza y el estado actúa como un reflejo de nuestros prejuicios equivocados. Se necesita humanizar la política presidiaria desde adentro, desde la infraestructura, pasando por los servicios y actividades para el preso, hasta el salario y el reconocimiento al trabajador penitenciario.

Las instituciones de detención en Perú
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