Muchas empresas mineras o extractivas invierten hoy en nuevos equipos de relaciones comunitarias. Buscan jóvenes egresados de carreras de comunicación para el desarrollo, antropología, sociología, o afines. Buscan un perfil profesional que sea “nuevo”, que pueda tener habilidades de comunicación y empatía, algunos conocimientos de gestión de proyectos, pero sobretodo que sean formales, ordenados, profesionales y estén dispuestos a respetar procedimientos, normas, políticas y estándares que la empresa desea generalizar en sus operaciones.

fotorelacionesY es que la primera generación de relacionistas comunitarios (ochentas y noventas) está conformada por un grupo considerable de ingenieros, geólogos, administradores, profesionales mineros, que trabajaban ya en la mina, conocían el negocio, vivían en campo, y tenían ciertas habilidades que los diferenciaban de los demás técnicos en zona de trabajo. Se hicieron con esfuerzo, solos, a punta de experiencia, de forma empírica. Pagaban muchas veces los platos rotos de una mala negociación, sin siquiera haber recibido herramientas técnicas o sistémicas para afrontarla; decidían evadir inteligentemente las reglas, transar con la comunidad, ofrecer dinero, bienes, compromisos y promesas, en situaciones críticas en las que o aceptaban o veían la operación cerrada; tenían relaciones personales con comuneros, líderes o pobladores, bajo el supuesto de que “diez cervezas valen más que un oficio” o que dándole trabajo a la sobrina del presidente de la junta directiva se podían resolver muchos problemas. ¿Criticable? No seamos ingenuos. Muchas veces los linderos eran borrosos y la situación difícil era el pan de cada día.

¿Esto ha cambiado? ¿Aquella estrategia era “mala”? ¿Los nuevos son “mejores”? No se trata de oponer. No se trata, como suelen muchos, de satanizar épocas pasadas o estrategias anteriores, sino de entender que los contextos cambian y las obligaciones y necesidades también. Veamos algunos puntos de inflexión en el tema:

1. Los estándares de calidad. La operación minera es hoy en día, mucho más exigida y exigente que hace 20 años. Hace 20 años no existía tanta transparencia mediática ni regulaciones estatales que le exigieran al minero ser más profesional, más técnico y más cuidadoso en todos sus procedimientos: económicos, medio-ambientales y sociales. Grandes, medianos y pequeños tienen que pasar por diversas certificaciones y permisos para poder no solo operar sino también para ganar inversionistas que confíen en su proyecto.

2. El acceso a “medios”. Decía Marx que el capitalismo le quitaba al proletario los “medios” de “producción”. Bueno, nada más falso. Con el tiempo, nuestros campesinos, líderes, madres de familia, docentes, funcionarios públicos en zonas rurales tienen más “medios” para acceder a información, bienes, comercio, mercado, prensa, etc. Nuestros campesinos imprimen hoy sus actas de asamblea, llaman por celular a su abogado, le envían un correo electrónico, viajan a Lima en el vuelo de las 6.00am, se entrevistan con alguien en la OEFA o el MINAM, conversan con dos periodistas y al día siguiente regresan en el primer vuelo del día y nos hacen el plantón que hace 20 años no era visto por nadie y que hoy, es la mejor noticia.

3. La RSE. La responsabilidad social no es ciencia. No existe una carrera de RSE pero es ella la que influye categóricamente en las relaciones comunitarias como práctica profesional. El relacionista comunitario no solo puede conversar con la comunidad, mantenerla contenta y pensar en “la mina debe seguir explotando”, sino que debe empezar a pensar en “valor compartido”. Su razonamiento tendría que empezar a funcionar en términos de “la mina gana explotando y la comunidad también”, o “del rédito económico de esta operación ganamos todos”, o “todos somos de alguna forma accionistas de este proyecto”, etc. Lamentablemente esto no era así y generalmente los relacionistas comunitarios de la “escuela antigua” armaban sus estrategias “desde la mina” y no desde la realidad integral en la cual, efectivamente ellos vienen de parte del minero, pero están obligados a ver todos los ángulos y de alguna forma desde todos los ángulos.

4. La interculturalidad. Bien entendida, y no desde un punto de vista ideológico, este punto hizo que las empresas se dieran cuenta de que ser socialmente responsables y mejorar el relacionamiento con las comunidades de su entorno implicaba tener profesionales especialistas y sensibles frente al tema de la interculturalidad. Un enfoque de interculturalidad permite que el poblador se sienta, desde el inicio, más respetado, atendido, y que ambos, empresa y comunidad, busquen puntos de apoyo para revalorizar la identidad de la región, promover su desarrollo histórico, mirar a futuro, generar más inversión y convivir estable y armónicamente.

5. La sistematización de la experiencia. Aparecen poco a poco gerentes y subgerentes de la primera generación que, aprendidas muchas lecciones, se dedican a escribir sobre el tema y a enseñar en universidades. Se organizan diplomados, cursos de especialización y hasta maestrías en el tema. Y entonces, lo empírico desaparece y de una forma, aún incipiente, surgen estrategias y herramientas científicas para negociar, diseñar, gestionar, resolver, y cerrar relaciones comunitarias. Esto no existía tampoco hace 15 años. El tema se está “academizando” y la experiencia sistematizando. Si no fuera así, este artículo quizás no se habría escrito.

Conclusiones: la adaptación.

La primera generación de relacionistas comunitarios es sumamente hábil, tiene esa capacidad de intuir qué va a ocurrir, cuál es el comunero bien intencionado y cuál no, cuándo y dónde se cuecen las habas, avanzar rápido o lento, dar o recibir, enviar el oficio o pedirlo, qué escribir y qué no escribir. El nuevo relacionista comunitario es quizás más técnico, ordenado y profesional, pero le falta ese “olfato” y esa experiencia clave que ha hecho que muchas empresas mineras ganen convenios, contratos, compromisos, tierras, operaciones y, por lo tanto, utilidades importantes. Les falta eso que una mujer con años de experiencia en el rubro llamaba “Majority” y que no tiene que ver con “lo que dice la mayoría” sino con adultez, experiencia, con mayoría de edad.

En nuestro trabajo vemos compañías mineras que optan por profesionales de la primera generación y otras que integran inteligentemente profesionales de la primera y la una nueva generación que cada vez vendrá más “profesionalmente formada”. Es muy difícil que una oficina de relaciones comunitarias se sostenga con gente joven de corte humanista. Se necesitan ingenieros, administradores, contadores adultos, con años de carrera en minería, quizás sin muchos diplomados y libros encima, pero sí con mucho barro en las botas, para que una operación se pueda sostener. Los nuevos jóvenes deben aportar sus técnicas, herramientas de organización, gestión y diseño, pero deben aprender que en campo, la realidad es difícil y se necesita de esos “diablos” que más saben por viejos que por diablos.

Las dos generaciones de relacionistas comunitarios

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