El Perú añora el paraíso de la institucionalidad cada vez que lee noticias sobre Finlandia, Noruega, Suiza y algún otro país europeo o nórdico. A veces sentimos una sana envidia frente al hermano del sur, a veces nos ocurre con Colombia. Para quienes estamos enfocados en temas educativos, sabemos lo que ocurre en Costa Rica, por ejemplo, o en los famosos tigres asiáticos. Y después de añorar, siempre nos preguntamos, ¿por qué no podemos hacer lo mismo en el Perú?

La respuesta, querido lector, deposita el peso de la responsabilidad en nosotros mismos. En cada uno de nosotros. Finalmente, las estructuras estatales, las instituciones, las organizaciones gubernamentales o no gubernamentales, las empresas que invierten, están conformadas por personas, individuos de carne y hueso que toman decisiones, dictan líneas de acción, e invierten tiempo y dinero en uno u otro camino. Tú construyes o destruyes las instituciones que mañana funcionarán como máquinas finas o máquinas chatarra.

La común (por cómoda y fácil) excusa de cargar la responsabilidad sobre la historia, el pasado, lass leyes, las reformas, las normas, el pasivo ambiental, etc. no es sino expresión y síntoma de la respuesta que buscamos. La actitud del “ésta no es mi culpa, es del anterior” o “antes de que me culpen a mí, me cubro y construyo todo para que recaiga sobre el otro” se observa en cualquier equipo humano, en las relaciones comunitarias, en las empresas, pero principalmente en el Estado Peruano.

malzon-urbina¿Por qué? Porque el funcionario público es el sujeto “más responsable” del país. Su labor está cargada de parámetros, normas, limitaciones, riesgos, exposición mediática, papeles firmados, antecedentes, precedentes y todos los entes que se pueden confabular para que el día que cometa un error, todos lo sepan, lo acusen y lo hundan. En este contexto, no solo es encomiable que muchos buenos políticos se dediquen al servicio público, sino que es totalmente comprensible que nadie asuma la responsabilidad de lo que ocurre, y de lo que no ocurre. Este hecho, por supuesto, se ve fortalecido y complementado por la presencia de muchos políticos que no quieren hacer Política con P mayúscula sino politiquería partidaria o personalista, o vivir del Estado, a través de coimas, sobornos y negociaciones a oscuras.

Hasta el más idealista, renovado, joven y optimista político, nacido quizás en los ochentas, cae en las redes del miedo y la burocracia, y cede ante la tentación de no asumir responsabilidades, hablar con eufemismos, atacar al opositor, ocultarse cuando es conveniente, recurrir a sus buenos amigos en los medios o en otras entidades, chuponear conversaciones telefónicas, o ampararse en leyes, normas o letras pequeñas que le salvarán la vida.

Ayer hemos sido testigos de un hecho polémico que grafica perfectamente lo sostenido. La sentencia del juez Malzon Urbina declarando procedente el habeas corpus presentado por un grupo de comerciantes del mercado La Parada nos ha hecho reflexionar nuevamente en el ideal casi utópico del orden institucional en el Perú.

La madeja es larga y no trataremos el tema aquí. Si bien el juez en cuestión tiene un historial polémico, y siendo cierto que el desalojo del mercado no tuvo en cuenta algunos elementos legales de fondo (ver artículo de J.L. Godoy sobre el tema), parece increíble que la informalidad jurídica, la falta de asesoría, y ahora una mezcla de política, intereses partidarios y figuretismo nos pongan al borde de otro trágico “conflicto armado” a algunas cuadras del Palacio de Gobierno.

¿Qué nos toca hacer? Desde la empresa, y las asociaciones civiles, nos toca ser transparentes, ser honestos, ser formales, construir institucionalidad, no burocracia ni parámetros pesados, nada de negociaciones a oscuras o jugadas sucias, sino líneas de acción, principios, sistemas y normas que facilitan la inversión social, el diálogo con las comunidades, la medición de indicadores de impacto, la evaluación real y honesta de los proyectos que realizamos, la transferencia de capacidades a los gobiernos locales para que puedan ser eficientes y efectivos, el empoderamiento de las comunidades para que sean ellas las principales agentes de su desarrollo, sin dependencia, sin asistencialismo.

La institucionalidad añorada

Deja un comentario