Cuando Lope de Vega tituló así su creación cómica, no imaginaba que con ello, impulsaría la inmortalidad de un dicho que en la península ibérica era ya bastante conocido y antiguo. Teodoro y Diana, uno plebeyo, la segunda noble, eran similares al perro del hortelano: no querían comprometerse en el amor, pero tampoco dejaban que los demás lo hicieran. Intrigaban rabiosos para lograr su propósito aunque en el camino arriesgasen el amor de otros. Como el perro que cuida el huerto: no se come lo que produce la tierra y no deja que nadie se lo coma.

En la vida cotidiana nos encontramos con diversos perros de hortelanos. Nosotros mismos tenemos algo de uno. Muchas veces nos ocurre que no queremos ceder ningún espacio y reservamos todas las funciones, trámites y decisiones. Sin embargo, como es evidente, no podemos con todo porque nuestras capacidades son limitadas y entonces “ni hacemos, ni dejamos hacer”.

El gerente o director de una empresa que centraliza el liderazgo, desconecta entre sí a los trabajadores, pone en un embudo los permisos, controla los procesos más sencillos, quiere aparecer en cada foto, se mete en todo, dice sí a todo lo que genera “imagen” y no deja que nadie decida sin decidir él o ella antes, es un perro de hortelano. Es evidente que si todo pasa por la gerencia, muchas cosas se demoran o dejan de pasar en el momento adecuado. Es evidente que si una sola persona aparece en la foto, se debilita la institución y con ello el buen ánimo y el compromiso de los colaboradores.

El relacionista comunitario que centraliza la comunicación con la comunidad, que negocia por lo bajo, que se hace amigo de los comuneros y se pone como embudo en el diálogo con la empresa, el que maneja dinero de caja chica, demora las consultorías, pero luego reclama productos o prisas, pide proyectos de responsabilidad social pero no quiere supervisarlos; no quiere supervisarlos pero antes de pagar la factura, se la quiere dar de supervisor. Ese individuo es un perro de hortelano: ni come, ni deja comer. Ni trabaja bien, ni deja trabajar bien, ni dialoga, ni deja que otros dialoguen. Es un peligro.

El funcionario público que tiene en sus manos la posibilidad de otorgar permisos, concesiones, generar proyectos de inversión pública, que recibe ofertas de empresas o consultoras para elaborar proyectos sin costo, con expedientes, estudios, y así acelerar la inversión, pero no quiere aceptar la propuesta sin recibir el diezmo, sin una coima de por medio. Sentado en su escritorio, en la OPI, en alguna dirección ministerial, o en una gerencia, no genera proyectos, o los diseña mal, pero cuando vienen y le ofrecen ayudarlo, no acepta, se pone burócrata, quiere su hueso. Como dijo hace unos años Alan García, “… Ocurre que no se abre una ventana, no se arregla una vereda, ni se pone una torre de telefonía celular sin que el Estado central, regional o municipal lo apruebe…” 

La lista podría seguir. Este decoratismo peruano del que hablaba Víctor Andrés Belaúnde a inicios del siglo XX me llama cada vez más la atención. El peruano ama el status, la apariencia, el cargo, el rol, el MOF, pero en realidad, lo ama enfermizamente, como quien se sienta a contemplar su auto pero no lo sabe manejar. El gerente de una empresa, el relacionista comunitario o el funcionario público, que actúa como perro de hortelano sufre de este mal. Toma asiento huachafo en su “cargo” y confunde empoderamiento con enquistamiento, liderazgo con autoritarismo, responsabilidad con “gamonalismo laboral”.

Si no somos capaces de identificar estos elementos nocivos para el desarrollo de la inversión pública o privada, no seremos capaces de avanzar. La creatividad surge del diálogo claro, de la transparencia, de la apertura, de la libertad, del dejar caminar y hablar, de la confianza, de la delegación, de la eficiencia, de la valentía, de la generosidad. La creatividad solo puede ser tal cuando surge de la buena intención, de la bondad y la vocación de servicio.

El perro del hortelano

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