La generación a la que pertenezco, sobretodo en países como el nuestro, nunca se preocupó por entender o enfrentar algo como el bullying. De hecho, o lo padecimos, o probablemente lo ejercimos y finalmente, o lo vencimos, o lo cargamos para la universidad. Si en este momento algún tic extraño asoma por tu cara, sudas, te tocas las manos, la cara, o mojas tus labios con la lengua, ten por seguro, que son las secuelas de lo que nunca reconciliaste. Y así con todo, estás vivo o viva, trabajas, tienes una familia, eres gerente, jefe, un profesional en carrera, un empresario exitoso, y sobretodo eres un buen hombre, o una buena mujer, te lo dicen y te esfuerzas por serlo todos los días. Las heridas de guerra te sirvieron y aunque las cosas pudieron ser mejores, es nuestra generación la que en 5 o 10 años gestionará gobiernos y empresas.

En esta línea, me pregunto si los sistemas educativos responden a las tendencias que nos imprime el consumo y la tecnología o a una verdadera reflexión sobre qué es lo mejor para el ser humano. Estos sistemas han ido cambiando en los últimos treinta años. No diré evolucionando, diré cambiando. Las instituciones educativas eran espacios de instrucción académica. La formación era responsabilidad de la casa, del hogar.

Los modelos pedagógicos eran ciertamente más rígidos, lectivos, memorísticos y lineales, hoy se basan en una perspectiva vivencial que busca enseñar a través de la experiencia, suscitar interés, asombro y conocimiento a través de la prueba y el error, el juego, una didáctica más personalizada y encarnada en la realidad de niños y niñas. Y por supuesto, la sensibilidad por la buena conducta es más exigente que antes. Hoy un profesor no podría jalarle las orejas a un niño, pararlo mirando la esquina del aula o ponerle orejas de burro. Probablemente sería amonestado, despedido y quien sabe enjuiciado. El sentido de autoridad se pierde y la verticalidad de antaño es hoy una horizontalidad en la que los alumnos pueden tutear al maestro, empujar a la profesora o salir de tragos con el director.

A nivel de enfoque, esto se debe a una “democratización” de los espacios educativos pero también a un entendimiento de que el centro de la educación no es la teoría o el contenido que se quiere enseñar sino el alumno beneficiario llamado a aprender. No se trata de enseñar teoría musical en el orden que el manual indica solo porque la teoría en sí es buena en ese orden y así fue pensada, sino que se trata de enseñar teoría musical pensando en la etapa de desarrollo en la que se encuentra el alumno de modo que pueda ser un recipiente inteligente y gozoso de lo que aprende. Así, probablemente podrías empezar por el capítulo 2 y luego saltar al 7 y luego al 1 si es que eso es lo mejor para tus alumnos y sus características. ¿Qué quiere decir esto? Que hoy el centro es el alumno, no el contenido.

En cuanto al bullying, la posibilidad de que nuestros hijos se encuentren con un niño “déspota” en la escuela es alta y me pregunto si en parte no será bueno que tengan que soportar algo de molestias e incomodidades para que aprendan a enfrentar problemas. Me pregunto si no será bueno que les caiga un golpe o dos, para que superen el dolor que éstos implican. Me pregunto si de alguna forma el hecho de que la realidad sea difícil para ellos no es una oportunidad para que puedan superar retos, adaptarse, y sobretodo contar con una conciencia realista que les grite que las cosas no funcionan por él y para él.

Esto no implica dejar que los niños y niñas se hagan daño físico y psicológico sin ningún control, pero sí implica no sobreproteger a los alumnos con apreciaciones sobre la violencia que llegan al absurdo de no dejar que se pongan apodos. ¿Quién no se ríe con un buen apodo? Formar niños y niñas sin capacidad de afrontar retos, hostilidades, dificultades, momentos de cierta cólera, inseguridad o tristeza, es formar niños que creen que vivirán en un mundo perfecto, hecho a a su medida; insensibles frente a lo que no sufrieron en un país en el que muchos sufren; insensibles frente a lo que no padecieron ante una vida adulta que, tengan por seguro, estará llena de padecimientos, universales y comunes, tanto para ricos como para pobres.

Recomendación de enfoque: no aplicar al concepto de violencia extrapolaciones o inclusiones exageradas. Podemos cuidar que nuestros niños y niñas vivan en una cultura de paz y solidaridad, pero no podemos pensar que no habrá alumnos o alumnas líderes que busquen dominar a otros, que no habrá siempre algo de presión de grupo, momentos de vergüenza, bromas pesadas, palabras hirientes, accidentes físicos, etc. Así es la vida. Hoy, observamos atónitos como la literatura sobre la violencia prácticamente incluye cualquier acción realizada o palabra dicha que suene desagradable como un acto de violencia, por más que sea muy pequeña y puntual. Y es que si bien la persona que lo recibe es única e interpreta dicha palabra según su percepción, también hay un grado de objetividad y de atención al acto o palabra en sí. El sentido de proporción no se pierde y no es totalmente subjetivo.

Recomendación de práctica: no permitir que los alumnos y padres de familia vean al docente como un amigo, compañero, asesor o simplemente como un “acompañante” pedagógico al que yo le pago. El maestro debe ser guía, debe saber más, debe ser respetado, debe ser tratado con distancia, con la natural y necesaria distancia como para que sea visto como alguien que puede hacerse responsable de nuestros hijos y que por lo tanto merece obediencia, escucha y atención, dado que es capaz de conducir el destino de un niño o niña al menos en su vida escolar.

Si esto se pierde, estamos frente a una educación blanda, amelcochada, que formará hombres y mujeres muy engreídos, susceptibles, fáciles para el cansancio, difíciles para las correcciones, poco humildes, pretensiosos, creyentes de que merecen todo, de que nadie sufre y de que la vida es fácil. Y por lo tanto, construirán soluciones fáciles, simples, sin complejidad, sin esfuerzo, sin innovación, cuando sabemos bien que el mejor combustible para la inteligencia no es la comodidad, el empacho o una sensación de seguridad y placer, sino por el contrario la necesidad, el apuro, la dificultad, los problemas.

Perspectivas sobre el bullying y la formación de la voluntad

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